O ¿por qué las empresas deben preocuparse –y ocuparse- por el medio ambiente?.
En otros momentos en este blog hemos hablado de la Responsabilidad Social Empresarial como un compromiso de las empresas más allá de lo que es exigible legalmente, y que se plasma básicamente en el compromiso con el desarrollo económico sostenible en tanto que generador de empleo y contribuyente a la mejora del entorno social con la aportación de los impuestos sobre los beneficios obtenidos; con la corrección de desequilibrios sociales y con la protección del medio ambiente.
La empresa, es, también lo hemos dicho, un sistema abierto en constante interacción con su entorno, de manera que su éxito dependerá en gran medida de la congruencia entre los programas y las prácticas internas con las capacidades, exigencias y realidad de ese entorno, en sentido amplio, que rodea a esa empresa.
Y en este contexto, el conjunto de sistemas físicos que componen el sistema terrestre, lo que conocemos como el medio ambiente, tiene un papel fundamental.
Prácticamente todas las empresas, independientemente del sector al que pertenezcan, usan materias primas procedentes del entorno natural, lo que las convierte en grandes consumidoras de recursos naturales, la mayor parte de ellos agotables y muchos no renovables, lo que ya en si mismo debería convertirse en una exigencia para hacer un uso racional de estos recursos lo que, además, resulta muy eficiente en términos económicos, ya que el despilfarro, el uso con poco control de los recursos naturales, es consecuencia de procesos incorrectamente diseñados, sin duda mejorables y, por tanto, costosos, caros, ineficientes.
Adicionalmente, como consecuencia de la actividad empresarial, generamos productos y servicios que devolvemos al entorno, así como subproductos, desperdicios, vertidos, contaminación, sin ser plenamente conscientes en ocasiones de que en realidad estamos atentando contra nosotros mismos y nuestras posibilidades futuras si no establecemos los mecanismos oportunos para evitar los problemas ambientales derivados de estas acciones.
Ambos problemas, la ineficiencia en la gestión de los recursos naturales y la generación de contaminación por parte de las empresas, tenemos que resolverlos a nivel de cada empresa y a nivel agregado (la tasa de utilización de recursos naturales debería ser inferior a la de su regeneración; y la tasa de generación de deshechos, inferior a la de asimilación de esos deshechos por la naturaleza).
Pero ese compromiso individual y colectivo con el medio ambiente no siempre es espontáneo, convencido, ni incluso, en ocasiones, aceptado por algunas empresas, que se ven entonces sometidas a crecientes presiones medioambientales desde ámbitos muy diversos: desde la legislación, cada vez más estricta y exigente con la protección ambiental; desde los clientes, cada día más concienciados de la importancia del medio ambiente para la sostenibilidad de la vida en el planeta; o los competidores, cuando apoyan con su actuación el desarrollo sostenible, lo que, por comparación, incorpora importante presión competitiva a los menos escrupulosos.
Adicionalmente, el medio ambiente es también fuente de ventajas competitivas para muchas empresas tanto por las posibilidades de mejora de eficiencia ya comentadas, como por las nuevas (y viejas) oportunidades de negocio que ofrece en sectores tan importantes para nosotros como los relacionados con el turismo, cuando se trata de manera sostenible; o con el reciclaje, imprescindible para ese compromiso medioambiental agregado que estamos comentando porque, como se acuñó en la Conferencia de Río/92 (I Cumbre de la Tierra), el desarrollo sostenible pretende que podamos satisfacer nuestras necesidades actuales sin comprometer el derecho de generaciones futuras a satisfacer las suyas.
